Aventis
El lenguaje de la derecha e izquierda en el proceso político
latinoamericano es entre familia y grullas que, buscan afanosamente tener el
control del oro, petróleo, gas y agua dulce de la Región Sur. Y, contrasta con
los discursos que reflejan una sola matriz simbólica, pero, una caracterización
dura, donde se repiten de un modo idéntico formas, que permanecen inmanentes en
nuestra conciencia, y nos llevan a contextos simbólicos que se reconfiguran hegemónicamente
un mismo proceso de persistencia memoriosa y resignificación de nuevos consensos.
Y, en este movimiento, el discurso actual aparece como una gramática de
reconocimiento a las relaciones que se establecen en una continuidad de
estructuras económicas.
Son fundamentos de fuerzas políticas que presentan distintos lenguajes,
pero, es el fundamento del mismo discurso. En nuestro país, se habla de
distintos discursos, pero, en el reparto de las comisiones es uno solo, y la
derecha e izquierda son responsables de la lanosidad de un Estado en crisis.
La democracia contemporánea se encuentra enclaustrada dentro de un amplio
concepto del poder legitimo. El ciudadano común ha sido deslegitimizado de ese
derecho para dar una apariencia del poder que no existe.
La democracia, nunca puede ser asimilada al orden propio de La República
antigua, y menos aún al Estado Moderno. Hoy, se entiende por democracia, el
orden administrativo de los Estados con el poder legítimo, lo que implica un
principio social y, una relación social.
En
los Estados contemporáneos, las leyes, demasiado abstractas y generales, son
compensadas por un número cada
vez más elevado de medidas administrativas caracterizadas por responder a las
particularidades del caso concreto, o por tener en cuenta la función y lugar
determinado que ocupa cada uno dentro de la sociedad. Desde este enfoque, la
principal función de las instituciones estatales consiste en la eliminación de
los espacios conflictivos, con el propósito final de lograr —en palabras de
Rancière— el consenso o —en palabras de Schmitt— una nación homogénea.
Los
enemigos de la democracia, tanto, desde la derecha como desde la izquierda,
siempre la han criticado por dividir la naturaleza, por deshacer el vínculo
entre las propiedades naturales o sociales y las formas de gobierno y Estado. A
la derecha, los reaccionarios y liberales conservadores del pasado fueron
quienes más insistieron en el escándalo que suponía el pensamiento democrático,
al cual atacaban por ser demasiado artificial, por estar demasiado alejado de
la realidad social, o, en suma, porque, al destruir la correspondencia entre el
poder natural de la sociedad y el poder político, favorecía el desacuerdo y los
litigios que cuestionaban el orden establecido
La
historia demuestra que en algunas ocasiones los conceptos jurídico-políticos
han tenido fuerza para
oponerse a la lógica de la dominación o de las jerarquías sociales. Tales
conceptos abstractos y vacíos han permitido a veces crear el espacio, el lugar
común o público, donde se produce la discusión y el litigio entre las partes
que cuentan en el gobierno y los excluidos de la esfera pública. Por ello han
servido para extender la igualdad propia del cualquiera a otros sujetos y a
otros espacios que, como la educación, el trabajo o la salud, habían sido privatizados.
Espacios en donde sólo imperaba una relación jerárquica y se producía la
explotación de los trabajadores, de la mujer, del negro, etc. En oposición a la
conocida tesis de Hannah Arendt, resulta preciso reconocer que la esfera de lo
social, el conjunto de ámbitos privatizados, ha sido el lugar donde, a partir
del siglo XIX, se ha desarrollado en gran medida la política entendida en su
sentido más democrático, el que no la reduce al mero juego de las instituciones
La
democracia en su sentido más radical, en el más alejado de un régimen
determinado de gobierno o forma estatal, que es el sentido al cual hoy me
refiero, no supone una inversión de la relación entre gobernantes y gobernados,
sino la suspensión de esta misma relación, de la diferencia, de la jerarquía,
que existe entre ellos, y la imposibilidad de decidirnos entre uno y otro
término. La lógica de la democracia es la más opuesta a la de la teología
política, interesada siempre en la
fundación,
en la crítica, excepcional y violenta escena originaria del poder, donde el
soberano, el padre o el hijo, hace acto de aparición. La democracia se da
—ciertamente, de manera excepcional, pero sin necesidad de ningún sacrificio ni
sacrilegio,19 de ninguna acción heroica, de ninguna capacidad sobrehumana,
porque es lo propio de los cualquiera. Para que se haga realidad basta el tiro de dados, el coup de des.
La
democracia contemporánea se halla inclaustrada dentro de un amplio concepto del
poder legitimo. El ciudadano común ha sido deslegitimizado de ese derecho para
dar una apariencia del poder del pueblo que no existe.
La
democracia, nunca puede ser asimilado al orden propio de La República antigua
y, menos aún al Estado moderno. En el presente se entiende por democracia, el
orden administrativo de los Estados con el poder legítimo, lo que implica un
principio social y su respectiva relación.
¿Estamos
en democracia?, falso, es una dictadura cívico- militar. En transición,
llevamos años en este proceso para lograr un poder real, elegido por el pueblo
a través de La Constitución y CNE.
“Y en la historia humana no solamente hay una evolución
necesaria, sino además una dirección inteligible y un sentido ideal. Entonces,
a lo largo de los siglos, el hombre no ha podido aspirar a la justicia sino anhelando
un orden social menos contradictorio al hombre que el orden presente, y
preparado por ese orden presente; y así la evolución de sus ideas morales está
regulada por la evolución de las formas
económicas, pero al mismo tiempo a través de todos sus arreglos
sucesivos, la humanidad se busca y se afirma ella misma, cualquiera sea la
diversidad de ambientes, de tiempos, de reivindicaciones económicas, es el
mismo aliento de queja y de esperanza que surge de la boca del esclavo, del
siervo, del proletario; es el aliento inmortal de humanidad que es el alma
misma de lo que llamamos el derecho. Por eso no hay que oponer la concepción
materialista y la concepción idealista de la historia. Ellas se confunden en un
desarrollo único e indisoluble, porque si no se puede abstraer al hombre de las
relaciones económicas, tampoco se pueden abstraer las relaciones económicas del
hombre, y la historia, al tiempo que es un fenómeno que se desenvuelve según una
ley mecánica, es una aspiración que se realiza según una ley ideal”. (Paúl
Lafangue)
La humanidad no existe en absoluto aún o existe apenas, porque
antes de la experiencia de la historia y de tal sistema económico, ella no
realizó la idea previa que tiene de la justicia y del derecho, un ideal
preconcebido, que ella persigue, de una forma de civilización y de una forma superior
de civilización: “Y cuando ella se mueve, no es por la transformación mecánica y
automática de los modos de producción, sino bajo una influencia oscura o
claramente sentida de ese ideal”8. Como si la determinación en última instancia
por la economía fuera compatible con la posición idealista que considera que la
búsqueda de justicia, que es el producto de la humanidad, es la fuente última
de la sociedad. A esto, Lafargue responde que el ideal no es el de justicia,
producción espontánea del cerebro humano, sino el ideal perdido de paz y de
felicidad, de igualdad y de fraternidad, que es reminiscencia del mito de la
edad de oro, de Platón, de Tomás Moro y de Campanella, y de todas las religiones.
Aporía
e incondicionalidad de la justicia, democracia con o sin
pueblo:
aún resta plantear la cuestión de un horizonte de la humanidad. Un horizonte
es, a la vez, aquello que abre y aquello que cierra, el horizonte limita la
visión de un sujeto desde el punto de vista de ese mismo sujeto. Pero si en un sentido
es un límite, en otro, es aquello que está más allá de
todo
límite, aquello que indica los espacios lindantes del horizonte visual, lo
infinito más allá de lo finito, lo invisible más allá de lo visible, y por ello
el horizonte puede significar el dominio que se abre al pensamiento, a la
acción o a la humanidad. ¿Qué horizonte resta hoy a la humanidad? Uno de los
métodos conduciría a hacer la genealogía del concepto de humanidad. Así, en
primer lugar, tendríamos, en la Antigüedad, el género humano, es decir, el
conjunto de seres
que
pueden ser calificados de humanos. La pregunta entonces
es:
¿qué es lo que determina la especificidad de lo humano? En
El
Político, Platón propone una definición célebre. Habiendo partido en busca de
la ciencia política como ciencia pastoral relativa al rebaño humano, Sócrates
el joven llegará, mediante
el
método dicotómico, a una aporía, por haber dividido el género humano en griegos
y bárbaros, y haber cometido el error de partir de sí mismo.
Es
entonces el Extranjero el que retoma la tentativa de definición del género,
partiendo de la sucesión de las siguientes dicotomías: el animal viviente es o bien
un animal salvaje, o bien un animal doméstico; el animal doméstico es o bien un
animal acuático, o bien un animal terrestre; los animales terrestres pueden ser
o bien voladores o caminantes.
y
los caminadores son o bien cuadrúpedos, o bien bípedos. Los bípedos, a su vez,
o bien son plumíferos, o bien son hombres. Se sabe que es precisamente esa definición
del hombre como bípedo sin plumas, dada por Platón, aquella que Diógenes ridiculizaría
al arrojar un pollo desplumado en el ágora, afirmando: “He aquí, según Platón,
un hombre”.
Estamos encarcelados en una realidad y nos siembran esperanzas,
que es un viento, engañaron a los pobres.